Tarde de invierno. El Cantábrico brama, chocando contra las peñas, llenando de salitre el aire. Arrastra y peina la arena de una playa casi desierta. En su vaivén, entre esas idas y venidas, en ese baile de espuma, nuestro mar nos regala tesoros.  Piedras preciosas y vidrios pulidos, conchas y palos, restos de vida que nosotros recuperamos durante el paseo.

Sólo necesitamos elegir el hilo más apropiado para cada pequeña pieza y el dibujo que con él realizaremos. El resultado, colgantes únicos elaborados con  mimo y delicadeza.

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